No sabría decir si se puede expresar eso que sentí aquella tarde, pero voy a intentarlo.
Corría el mes de agosto y el sol nos regaló un gran día. Era una época de impulsos, pulsiones, pasiones. Simplemente, me dejaba llevar por la marea, después de haber nadado bastante tiempo en contra. Me sentía bien digamos, todo parecía mejorar a pasos agigantados. Sin embargo, muchas dudas dentro mío se iban acumulando como en un reloj de arena. Dejé de hacer cuentas, de analizar, de preguntarme, e hice siempre lo que me pareció en el momento. Pero por qué? estás seguro? Y que se yo, lo sentí así. Pintó. Nunca me había sentido tan libre de hacer y pensar, era una sensación totalmente nueva que me llenaba de seguridad aparente, pero que por dentro gestaba algunas dudas.
Hubo un entendimiento casi instantáneo, pero como no estaba acostumbrado a eso, habría la puerta para que entren los miedos y me llenen de dudas. Me enamoré de sus palabras, de sus gestos, de su forma de moverse, su espontaneidad, transparencia, de su luz y su belleza. Me enamoró su libertad. Pero de golpe ese día tan soleado se fue oscureciendo. Algunas palabras sobraron, y todo se me vino abajo. Bajé la mirada y traté de decir algo, pero no supe bien qué. Miré el cielo en silencio recostado en el pasto. Entendía, pero me dolía.
Y casi imprevistamente me besó. Y de ese momento incomodísimo, al rato estallaron las risas. Porque ella tiene esa magia que sólo muy pocas almas tienen, ella tiene el don de robarte una sonrisa, aún en los momentos más difíciles ella es capaz de hacerte olvidar de todo. Por eso me enamoro cada día, porque sé que aunque no quiera ella me hará sonreír y sentirme el ser más afortunado del universo